11.11.2011

PROPUESTA CURATORIAL PARA LA XI BIENAL DE CUENCA

ENTRE - ABIERTO:
APERTURAS, CONEXIONES Y DERIVAS EN EL ARTE ACTUAL

Antes que una tesis curatorial, se trata de elaborar un texto-umbral, un texto-bisagra, para introducir las 3 curadurías que conformarán la XI edición de la Bienal de Cuenca. Para poner en contexto estas tres miradas del arte actual aventuramos algunas reflexiones generales sobre el mismo desde la idea de lo entre-abierto, término que consideramos altamente productivo.
Creemos que en el arte, como en la vida, lo más importante ocurre entre lo blanco y lo negro, entre lo que se muestra y se esconde, entre lo que se abre y se cierra. ¿Y lo mejor del cuerpo no pasa acaso entre los brazos, entre las piernas, allí donde sucede el amor, el deseo?
Empezaremos a desarrollar nuestra teoría por el deseo –que está en el origen de todo, o cuando menos en el principio de nuestra de acción–, y lo haremos de la mano del escritor español Jesús Ferrero:
el hecho de que a menudo en nuestras vidas el deseo se deslice más que por lo dicho por lo entredicho, como creía Lacan, nos confirma que además de poseer plenamente el lenguaje y los objetos que designa, el deseo posee sus nexos, sus fronteras, y los ámbitos extensísimos que se despliegan entre lo que se puede y no se puede decir .
Lo que nos interesa destacar es que en tanto la palabra “entredicho” significa la prohibición de hacer o decir algo, en su pulsión deseante y en su decir a medias (en el disimulo y cautela propios de la elaboración estética), el arte tiene la capacidad de quebrantar las fronteras entre lo decible y lo indecible, de poner en entredicho las interdicciones.
Por su lado, en su investigación sobre “La dialéctica de lo de dentro y de lo de fuera”, Gaston Bachelard –a quien debemos el título de esta convocatoria–, anota:
…en la superficie del ser, en esa región donde el ser quiere manifestarse y quiere ocultarse, los movimientos de cierre y de apertura son tan numerosos, tan frecuentemente invertidos, tan cargados también de vacilación, que podríamos concluir con esta fórmula: el hombre es el ser entreabierto .

A partir de esta noción, nosotros a su vez partimos la palabra, la abrimos para hacerla decir algo más, para invitar al espectador a ingresar en esa abertura, en esa fisura que el arte provoca sobre la piel de la realidad, en ese terreno abierto a la producción de formas y sentidos que la muestra despliega. ENTRE-ABIERTO: Invitación, anuncio, anunciación. Invita a pasar, para entrever, para entreabrir (como el mirón o voyeur que es todo espectador de arte). Anuncia (ya no como misterio sino como práctica significante) la encarnación de la idea en esa realidad sensible que fundamenta la obra de arte.
Otro argumento clave que respalda nuestra tesis de lo entreabierto, lo encontramos en Octavio Paz, quien al final de su ejemplar ensayo Xavier Villaurrutia: en persona y en obra, concluye que el poeta mexicano “no se propuso en sus poemas la transmutación de esto en aquello –la llama en hielo, el vacío en plenitud– sino percibir y expresar el momento del tránsito entre los opuestos”. A este instante paradojal, a esta tentativa poética, Paz define con la preposición entre, cuyo razonamiento nos permitimos citar in-extenso dada su importancia:
El entre no es un espacio sino lo que está entre un espacio y otro; tampoco es tiempo sino el momento que parpadea entre el antes y el después. El entre no esta aquí ni es ahora. El entre no es cuerpo ni sustancia. Su reino es el pueblo fantasmal de las antinomias y las paradojas. El entre dura lo que dura el relámpago […].
El entre es el pliegue universal. El doblez, que al desdoblarse, revela no la unidad sino la dualidad, no la esencia sino la contradicción. El pliegue esconde entre sus hojas cerradas las dos caras del ser; el pliegue al descubrir lo que oculta esconde lo que descubre; el pliegue al abrir sus dos alas las cierra; el pliegue dice No cada vez que dice Sí; el pliegue es su doblez: su doble, su asesino, su complemento. El pliegue es lo que une a los opuestos sin jamás fundirlos, a igual distancia de la unidad y de la pluralidad. […] El pliegue y el entre son dos de las formas que asume la pregunta que no tiene respuesta” .

De este análisis podemos explorar una posible definición sobre el sentido profundo de la poesía y del arte, tanto como de las maniobras retóricas que el código poético y artístico despliegan y comparten. Para empezar, ambos se asientan en los dominios de las antinomias y paradojas: pues no es en la mera y fácil provocación, sino en la invención de un discurso paradójico donde el arte subvierte los lugares comunes y las ortodoxias. Del mismo modo que el carácter centelleante del entre atañe tanto a la vocación intempestiva del arte, a su carácter disruptivo, eruptivo, como al momento en el que acontece. “El tema de la pintura es verdaderamente el instante, el relámpago que ciega el ojo, una epifanía” escribe Lyotard a propósito de los cuadros de Barnet Newman . Y antes, Walter Benjamin había dicho “el texto es un rayo cuyo trueno sólo se deja oír mucho tiempo después”, pues es en el futuro donde revela su sentido pleno y su potencial para transformar conciencias y realidades.

Adicionalmente, el pliegue en su doblez, y en su doble movimiento de ocultación y desocultación, expresa a la perfección las insinuaciones y sutilezas propias del discurso figurado, de los artificios simbólicos, metafóricos y alegóricos que están en el centro del arte contemporáneo.
No es menos importante que al devenir “formas que asume la pregunta que no tiene respuesta”, entre y pliegue subrayan el carácter indagatorio, interrogativo del arte, pues la obra artística es al mismo tiempo un signo de notación e interrogación que aparece fuera de sitio, donde no lo esperamos, y que no admite una sola respuesta.
Nos interesa también destacar el alcance o las resonancias eróticas de lo entre-abierto, para lo cual las reflexiones de Roland Barthes nos son de gran utilidad. “¿El lugar más erótico de un cuerpo no está acaso allí donde la vestimenta se abre?”, se pregunta el ensayista y semiólogo francés, y responde:
…es la intermitencia, como bien lo ha dicho el psicoanálisis, la que es erótica: la de la piel que centellea entre dos piezas (el pantalón y el pulóver), entre dos bordes (la camisa entreabierta, el guante y la manga); es ese centelleo el que seduce, o mejor: la puesta en escena de una aparición-desaparición .
Es en esa intermitencia donde el cuerpo hace contacto con su objeto, como la mirada lo hace con la obra de arte. Pero mientras la comunicación erótica permite una momentánea desconexión de la realidad, la comunicación artística nos reconecta con ella, redunda en nuestro relación-conexión con el mundo.
Así esbozada, en la noción de entreabierto creemos encontrar una metáfora viva y rica en posibilidades y realizaciones significativas, una figura que dialoga con algunos conceptos afines y actuales procedentes de la filosofía, de los estudios culturales o del pensamiento poscolonial: “entre-lugar” (Silviano Santiago); “tercer espacio” (Alberto Moreiras); “in-beetwen” (Mignolo y Gruzinsky); “zona de contacto” (Mary Louise Pratt), y particularmente con el concepto de intersticios, desarrollado por el pensador hindú Homi Bhabha, para quien

Es en la emergencia de los intersticios donde se negocian las experiencias intersubjetivas y colectivas de nacionalidad, interés comunitario o valor cultural.

Este concierto de términos, conforme lo ha visto el teórico brasileño Marcos Aurélio dos Santos Souza “se inscribe en un conjunto de conceptos indicadores de áreas de descentramiento, que testimonian y dislocan las referencias únicas a la cultura europea en un momento de debilitación de los esquemas cristalizados de unidad, pureza y autenticidad” . Sin olvidar su génesis existencial y fenomenológica, y sus matices ontológicos, entreabierto se reconoce en esos conceptos entendidos como instrumentos para pensar nuestras diferencias culturales y nuestros mecanismos de traducción de los modelos y patrones de la cultura occidental.
Flujos materiales y semióticos, crecidas de grafías y grafemas propulsados por la economía del deseo, rebeldes a cualquier curso prefijado, a toda ortodoxia. Entendemos el arte contemporáneo como el lugar donde confluyen los distintos lenguajes y disciplinas para levantar una empalizada contra la aplanadora mediática y los discursos oficiales, y como tal propicio a la diferencia, a la divergencia, a la disidencia. En suma: un contradiscurso. Pero además, el lugar de una deriva, como desvío de la norma, de una ruta preestablecida, y también –en el sentido desarrollado por los situacionistas–, como un procedimiento “ligado indisolublemente al reconocimiento de efectos de naturaleza psicogeográfica y a la afirmación de un comportamiento lúdico-constructivo que la opone en todos los aspectos a las nociones clásicas de viaje y de paseo” (Guy Debord). Recordemos que la “psicogeografía” estudia los efectos del medio sobre el comportamiento afectivo de sus habitantes. Se trata, en definitiva, de crear nuevas relaciones y percepciones con el lugar natal o vital, de propiciar un uso experimental del espacio urbano –acotado por productos simbólicos que lo resignifican– para provocar la epifanía, el encuentro con lo otro.

Así, avizoramos un evento donde cada espectador se verá obligado a realizar su particular deriva o desvío, de tal modo que cada itinerario entrañe una lectura de las obras diseminadas en la ciudad y al mismo tiempo una relectura del entorno transitado.

Frente a los estándares mediáticos de transparencia y sus estrategias de comunicación instantánea el arte contemporáneo tiene la virtud de preservar o acentuar una cierta opacidad discursiva –como una manera de enfrentar precisamente el discurso literal, soluble y con frecuencia grosero de los medios– de manera que sus dispositivos retóricos antes que abrir, entreabren, entredicen el significado como una manera de resguardar el secreto, el dato escondido o disfrazado, es decir, el centro nervioso de la obra y del gozo erótico-estético.