Una casa para la bienal
René Durán Andrade
La Bienal de Cuenca tiene por fin su casa. Han debido pasar más de veinte años -diez ediciones- para que tenga su propia casa el mayor hecho cultural del país. Concebido como bienal de pintura en 1987 por un grupo de visionarios: la directora del Museo de Arte Moderno, un ex alcalde, una joven, inteligente y prestigiosa empresaria, un brillante, necio e incansable periodista, otros soñadores y pragmáticos les han ido tomando la posta, hasta la actual administración encargada, con razón, a quienes la conocen desde su génesis y están –lo han demostrado- en capacidad profesional de hacerlo muy eficientemente (no exentos de críticas negativas, venenos y apetitos envidiosos como toda obra de éxito). Porque sin lugar a dudas la Bienal de Cuenca se ha constituido en el acontecimiento cultural más importante del país y el que la trasciende y la evidencia al mundo como ciudad de las artes, como ciudad de la cultura, como ciudad intelectual, según lo ha sido reconocida desde siempre.
Comenzó como bienal de pintura y poco a poco fue abriendo las puertas en abanicos hacia otras posibilidades de expresiones artísticas y hacia el mayor número de participantes, entre los cuales el público fuera su principal protagonista. Siendo una bienal internacional, el público en potencia debe ser todo el país, todo el mundo y la ciudad anfitriona beneficiarse en partida doble: la “material” económica, la industria del turismo, acogiendo, recibiendo, sirviendo a los visitantes; y la “espiritual”, la cultura aprendiendo, contagiándose, influenciándose, de los artistas o cuestionándolos, criticándolos, debatiéndolos.
Las últimas ediciones, ante la carestía de espacios únicos, suficientemente amplios para recibir a todos los expositores, creativamente han adaptado lugares públicos de diversa naturaleza y ubicación espacial, para cumplir con su primer objetivo de que el público, (la gente, “todos”) sea su principal personaje, su protagonista, su único beneficiario, acercándose lo más posible a él en su barrio, en su coliseo, en su aeropuerto, en su antiguo hospital, en su catedral vieja, en sus museos religiosos coloniales, en sus sitios arqueológicos, en sus plazas… involucrando a toda la ciudad, haciéndola suya y viceversa.
Paradójicamente la casa de la Bienal es la única adquisición de un espacio dedicado a la cultura de estos últimos treinta años en la ciudad patrimonio cultural de la humanidad. En lo que va de este siglo, ni en los últimos años del anterior no se ha inaugurado en Cuenca ni un solo museo, ni un auditorio, ni una sala de conciertos, ni un teatro.
Inaugurar la casa de la Bienal en un hermoso inmueble del centro urbano, en la calle Bolívar y Estévez de Toral, de inicios del siglo anterior con influencias españolas y francesas, trabajosa y artísticamente restaurada, revivida de una bisección, es un gran aporte de la anterior y de esta administración municipal a reafirmar la naturaleza artística de Cuenca, pues será el centro del que se proyecte el trabajo de difundir cada dos años el arte tal cual se presenta en el mundo, en Latinoamérica, particularmente en el Ecuador y en esta ciudad, su sede. Un espacio arquitectónico íntegro dedicado no sólo a las oficinas administrativas, sino a salas de exposición, de conciertos, de biblioteca y centro de documentación especializados en arte contemporáneo, de auditorios para conferencias y debates; de librería y bazar de obras de arte y reproducciones. Por fin una casa completa, íntegra, exclusiva para el arte en la ciudad del arte. Al servicio de la gente, no de la burocracia. (rduran@az.pro.ec)
(Nota tomada de: http://www.elmercurio.com.ec/230300-una-casa-para-la-bienal.html Dirario El Mercurio)
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